lunes, 28 de marzo de 2011

PARA QUE SÍ

Para que sí

                         












           

       Ivo González





                        A quien expira.














I
Comienzas día de árboles fríos, de ladridos de canil; día del día a día, domingo de ombligo con tierra y de ojo puesto en el cielo. Los ladrillos del silencio se quedan quietos, refractarios con la realidad. El arquero de la alegría se quebró una pierna. Un militar diabético busca el terrón de azúcar que perdió Cortázar y una guitarra sirve de silla a la media luna que de día aún se mece allá arriba. Yo quitaría los besos de tu rostro porque has sido en extremo malvada. No te censuraría nada pero digamos que te pagaría el taxi a tu casa.



II
Un nieto que es hijo de alguien está pintando un pañuelo blanco en el suelo de una plaza. Un barco ruge en el lago. El reloj de la torre torrando. Mira cómo roncan los diarios. Oye cómo hablan las fotografías de la cámara digital de una turista italiana, muy pechos al viento ella en su vestido de verano pero en pleno otoño. Hojas amarillentas de cartas que me has escrito cuelgan de los árboles como si fueran poemas pero no son más que pájaros avinagrados. Hay uno azul que vive sólo de beber sus lágrimas. Es increíble que me sacara los zapatos para subirme a tu cuerpo. La juventud de la noche se suicida y pasa a comprar una hamburguesa porque le da hambre morir cada sábado. 



III
Y tienes la piel de las playas. Ahí puedo acostarme al sol de tu lámpara de alto consumo. Siempre me espera un vino que me atenta los dientes. Un tinto que recuerda a bayas, un poco a canela, otro tanto a mujeres, otro cachito a roble, otro momento que da para cargar las tintas. Mejor me doy vuelta en la cama con la frazada peluda del humo de un sahumerio. Conseguíme un tango de espika. No he dormido en centenares de horas; este refugio es la tumba de lázaro. Entre sueños oigo tus ruiditos opacos en la cocina haciendo café, olor a tostadas, el noticiero tratando de escandalizarte sin suerte. Vos y yo estamos siempre en otra cosa. Las olas de la desesperación, las tormentas de la resignación, los sacudones de la cordillera del miedo no son lo nuestro.



IV
      (requiem a Stellita)
Se cortó la luz en el bar donde suelo llegar cuando me sucede algo. Ayer fui a beber para despedirme de una compañera muerta hace unos días y ella estaba sentada junto a mí, apurada porque quería irse antes de que se le empezaran a trepar los gusanos y a comérsela como si fueran el olvido. Al rato tenía cita para cremarse. No estaba bien vestida; es más, creo que ni se había peinado. Imaginate que con la luz cortada ella era la única que se podía ver, con su extraño resplandor de fósforo, su aliento de rosadas tinieblas y el bombeo de su corazón asustando a los parroquianos de gesto incierto, agarrados a sus vasos como náufragos a la espuma de las olas. Sin luz las palabras suenan fuertes. Lo primero que viene es el silencio, luego se empiezan a asomar todos los ruidos que en la desafinada orquesta cotidiana se quedan escondidos. Sin embargo esos sonidos son el esqueleto que sostiene el escándalo. Cuando me sucede algo llegar suelo al bar donde la luz se cortó.



V
Cuando te mezclas sin ropa alguna con las hojas marrones y tu cuerpo oscuro se funde con la tierra y tus pies se vuelven plantas trepadoras y los caballos comen de tus cabellos para ponerse melancólicos y las hornallas de las cocinas tienen discretos estornudos y todo es subterráneo en vos y en Argentina el agua dulce quiere bañarte toda y los archivos de la policía son cagados por los ratones y tus tetitas se meten en mis manos como cabecitas de bebés en unos gorritos de lana y una gotera me tortura la cara de chino y un espantapájaros se baja de la cruz con las pupilas dilatadas y viene el patrón a matar a palazos a una laucha que siempre se le escapa y los mediodías son derretidos por el calor y uno ve el asfalto moverse en vahos como un océano de lava gris y mas tarde una tormenta hace crujir los huesos de los viejos y emociona a los niños que se detienen todos de golpe y se ponen a inventar barcos para apedrearlos y afinar la puntería para mañana y cuando pones la risa en los arroyos que son las venas atravesando la musculatura verde de mi bosque que se alimenta de vos y de nuestro hijo y busco una birome para poner punto pero aparte a mi chucho de frio y vos sentís que te cogió un ángel y atrapo una mosca con la oreja y ahí te desarmás como un jabón en el agua y yo salto tres escalones hacia arriba y tengo la edad de un caracol y te llamo con un sobre de promesas que nunca voy a cumplir y  me decís "no estoy" desde la puerta de tu casa y  con un delantal de flores y las manitos llenas de harina y los pies en ojotas y no sé qué hacer sino irme hasta el supermercado a comprar un medio litro de algo y me siento a mirar el monstruo del lago apenado por no haberle traído galletitas de agua o esas que tienen azúcar arriba que yo sé hacer porque aprendí en la panadería y mi maestro me enseñó.



VI
Una casa del tamaño de mi necesidad. Tengo un tarro con sal, una ventana abierta. Lenguas de papel higiénico se agarran del alambre tejido. Una banana se pudre de esperar su mono en la naturaleza muerta que sin querer se dio en la mesa. La computadora me mira seria. Voy a planificar un asesinato y un embarazo. Y en abril voy a planear sobre tu entrepierna y a amerizar varias veces. Y voy a adoctrinar a mis lunares para que ocupen tus suspiros cuando vuelvas a estar lejos. Con el parietal izquierdo me dormiré en tu barriga sudada. Al despertar, fuera de la resaca, morderé lo que acerques a mi boca. Un poema de alas torpes se estará dando cabezazos en el cristal y refunfuñando algo inaudible. Una roca se desplomará desde el cerro que está junto a la ruta y romperá como un puño el asfalto. Me verás caminar al baño rascándome una nalga.



VII
Quererte es pedalear en una nube por los cerros de este Parque Nacional, pescar una ballena con un dedo, sonsacarse las verdades y reírse de uno mismo, conjeturar bajo un manzano de deliciosas, tejer un poncho en un atardecer salteño, cruzar las arcadas del centro cívico con una remera del che, tocar el hombro de mi hijo, conocer el novio de mi hija; quererte es asomarse desde el séptimo piso y escupir un pelado, enroscar una víbora a la pata de una mesa, saltar de un tejado al otro para aparearse con la luna, meterse en un curso de acupuntura para pincharse la yema de los dedos, desconocer a la muerte es quererte; quererte es un sopapo de la sangre, andar con los cordones desatados corriendo en una manifestación, hacer guantes con tyson borracho, sufrir la miopía de los elefantes, abrir un huevo y encontrar un pollito vivo, rodar colina arriba y desespinarse, cascotear el cero kilómetro de un torturador o mejor al torturador, perder la billetera en el banco de una plaza, ganarle al ajedrez a De La Rúa, tener la libido de un cobayo, lavarme los dientes con un cabernet sauvignon, llegar a nado hasta Perú; quererte es llamarte a cada rato, es especular con el ciclo del agua, es formalizar mi relación con la abogada de mi ex, tirarse en paracaídas desde el primer lucero del amanecer, lavar las sábanas para ensuciarlas contigo, llegar a tu cumpleaños con las manos vacías, vociferar que quererte es lo más loco de este terremoto de amor que me rompió la taza de tomar café y jugo de naranjas.



VIII
La última papa del canasto me hace ojitos y se queda dormida. A mí se me pasó el hambre: de hecho tengo una gangrena estomacal. Me siento irradiado a nivel crítico por la tristeza y esta alta contaminación me transformará en un ser noctámbulo al que lo atacarán con inyecciones e insultos. Al rato me encontraré deambulando por ciudades sin alma, miraré por horas tachos de basura, perseguiré un gato por el estacionamiento vacío. Habrá una ausencia de tal magnitud que ni recordaremos a nadie. Todo será agujeros. Los cráneos a penas soportarán sus máscaras de piel. Nunca llegaré a entender que no sabes amarme. Nunca entenderé que no entiendas. Junto al rio me fumaré el último cigarro del atado. Mi falta de expresión atraerá a los buitres que quizá vos hayas criado para tal fin. Esperaré a que desciendan y los desplumaré en vida para verlos correr desnudos y humillados a las alcantarillas. ¿A mi qué me importa?... Total que en agosto la muerte se llama igual que vos.



IX
Este es el monólogo de la sombra desalojada, desahuciada, enmohecida, enmoquecida, embromada. Vengan con sus tomates podridos y sus abucheos de solapa salpicada de baba, traigan a sus hijos de dientes chuecos y a sus billeteras con billetes de juguete. Compren globos inflados de helio, pochoclo de color chicle y vidrio molido. Orinen en los baños más sucios del mundo. Conozcan el aburrimiento. Vuelvan a sus casas sintiendo un vacío absoluto. El vacío que le sigue al aplauso.



X
Al entrar a la habitación me encuentro con que ella duerme boca abajo con una remera blanca y el culito al aire. Y medias de Pucca. Apenas los murmullos del verano vienen desde atrás de las cortinas que suaves y oscuras fingen respirar. Mucho calor. Llego bastante cansado, impregnado de los aromas del pan crujiente. Me quito la ropa con lentitud, me acerco a la cama y estiro la mano como hacen los niños cuando van a tomar un juguete.



XI
Lloras como una niña. Te quejas como un estómago. Saludas como una reina. Te retiras como un cobarde. Tienes los pechos de una estatua. Usas el transporte público para lucir tus anteojos negros. Sonríes como una secuestrada. Cobras más caro que nadie. Lloras como una niña. Cabes en el rincón de mi sobaco. Comes semillas como los gorriones. Tu nombre es demasiado salado. Las sillas te tienen un amor enorme. Las montañas se sacuden a tu paso. Tu familia no te entiende y te usa. Lloras como una niña. Las toallas te abrazan para embeberse de tus genes. La policía choca sus patrulleros. La nieve lesbiana quiere seducirte (y vos desnuda en la ventana). Los libros tienen citas que recuerdan a ti. Mi boca se muerde y no habla. Lloras como una niña. Usas de sicarios a jueces y hermanas drogadictas. Tienes las uñas de una mala persona. Nada hace juego con tu egoísmo de filatelista. Y lloras como una niña.



XII
Con el frasco de dulce de leche lleno de migas de pan casero y sobrevuelos de moscas, la gorra ajada de jugar en el sol, los calambres en los ojos de mirar y mirar tanto. ¿Cómo es que se discierne entre el paso apretado en la madrugada y el gazpacho de una tarde en el valle?¿Cómo es el eructo del cuco y cómo es el bandoneón de un bombero voluntario?¿Cómo eres cuando el equinoccio y el climaterio?¿Cómo esculca la lluvia mi única muda de ropa invernal?¿Cómo hace acrobacias en moto el fantasma de una mujer joven?¿Cómo conoces cada hilo de la marioneta que cuelga de mi ingle?¿Cómo es que te simplemente puedes irte sin recordar que no compré agua ni vendí mis tripas al carnicero olvido que siempre espera sentado en la puerta de mis casas?



XIII
Para que sí trabajes con mameluco de sueños y limes pacientemente escofina en mano hasta que el tiempo retroceda y hagas una morsa donde hacer más trabajos. Para que sí me ames aún en los días donde me hago echar encima las camionadas enteras de canto rodado y los parientes hablan con todos los orificios de la cara expulsando fuego y no se entienden ni con señales de humo. Para que sí me alojes otro hijo en tu panza de entremés. Para que sí me dibujes como me veo. Para que sí la revolución sea lo que evolucione mientras se sigue discutiendo el color del pelaje de los grandes felinos. Para siempre. Para que no me olvides. Para que sí.

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